Nº 1425 – 2 de Octubre de 2011

Publicado por CC Eben-Ezer el

Jesús nos ha dicho que si buscamos, hallaremos; si llamamos, se nos abrirá; y si pedimos, se nos dará. Y Jesús no miente.

Ahora bien, la búsqueda a la que el Bendito se refiere es la de su persona; la puerta a la que nos insta a llamar, es igualmente su ser, por cuanto Él mismo se ha definido como “puerta”. Y si pedimos, ha de ser conforme a la propia voluntad del Señor, no para nuestros caprichos y deseos que, aunque puedan parecernos lícitos, pueden no ser la perfecta voluntad de Dios para que todo ayude a bien en nuestros vidas.

El Señor está presente en la vida de los suyos, pero frecuentemente los suyos estamos distraídos, somnolientos, amodorrados, sesteando, deslumbrados por las luces del mundo, ensimismados, despistados, ausentes; y Él pasa a nuestro lado sin que reparemos en su cercanía.

Esta es la primordial razón por la que ni buscamos, ni llamamos, ni pedimos, o bien pedimos mal. He podido constatar esta situación en muchos amados hermanos, en mis cuarenta años de ministerio pastoral, a quienes el Señor bendito acompañaba, rodeaba, abrazaba, mientras ellos se dejaban arrastrar en medio de un hondo despiste por caminos que les separaban cada día más de nuestro amado Salvador.

He podido comprobar cómo la mente y el corazón de muchos hermanos entraban en el deslizadero del divorcio entre sí, hasta llegar el día en que la separación entre su pensar y su sentir les conducía a una profunda turbación, confusión y pérdida de la consciencia de su ubicación.

Así es como también se desarrolla la hipocresía que Dios no quiere para sus hijos e hijas.

Cuidemos, pues, la armonía entre nuestra mente y nuestro corazón para ser conscientes de la cercanía del Bendito, escuchar su voz y buscarle, llamarle y pedirle en la comunión del Espíritu Santo, a través de quien Él siempre nos dará conforme a su soberanía, su misericordia y nuestra conveniencia.

Mucho amor. 

Joaquín Yebra,  pastor.

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