Nº 1395– 6 de Marzo de 2011
Nos han obligado a mirar siempre hacia fuera, hasta habernos hecho perder la mayor parte de la sensibilidad precisa para mirar en nuestro interior.
La mirada introspectiva está ausente en la mayoría de los mortales de esta parte del mundo. La superabundancia de objetos de consumo de nuestra cultura nos ha hecho salir de nosotros mismos, no en actitud altruista, sino en afán por obtener, lograr, alcanzar, adquirir, poseer, acumular…
Y de ese modo hemos perdido la visión interior, la soledad deseada, la frescura de las alturas, el silencio del cosmos…
Desconocemos que los altos montes están en nuestro interior, donde igualmente se hayan los ríos y los mares; los prados y los templos; las aves y los cánticos.
El mundo interior ha dejado de existir para muchos humanos. Si alguna vez piensan en su posibilidad, éste pasa al ámbito de la poesía, de lo intangible, de lo romántico o de lo despreciado por no ser práctico.
No puede haber misterio cuando vivimos alejados del mundo interior. Y sin misterio, la vida es barro inerte.
El exterior es tan grande y complejo que fácilmente nos perdemos en él.
Así es como se producen nuestras dispersiones y confusiones; el divorcio con nosotros mismos; la distancia dentro del ser; la locura de los tráfagos incesantes; los ruidos enloquecedores que terminan por ensordecernos.
Pero donde habita Jesús de Nazaret por su Santo Espíritu, allí hay monte y prado, río y mar, lluvia y sol, templo y quietud.
Donde el Santo Consolador respira, la cualidad sagrada de su Persona acaba con las distancias y los resplandores del mundo que ciegan al hombre.
Y el mundo interior se abre ante nosotros como un amanecer que no imaginábamos pudiera existir.
Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.