Nª 1429- 30 de Octubre de 2011
La escena con mayor claridad de la despedida de Jesús de sus discípulos no se halla en su ascensión a la gloria del Padre, de donde vino, sino más bien en la cena de la Pascua, tan cargada de gestos y signos; cuando Jesús se reúne con los más íntimos, se levanta de la cena, pone agua en un lebrillo, se ciñe la toalla, y comienza a lavar los pies de sus apóstoles.
No falta ninguno de ellos. Incluso Judas Iscariote, el traidor que le va a entregar, está presente entre aquellos a quienes Jesús lava los pies, y a quien le da un trozo de pan mojado en su plato.
Ninguno de ellos, desconcertados, acierta a comprender cómo es posible que el Señor y Maestro adopte un gesto de esclavo. Jesús tiene que explicarles que tiene un mandamiento nuevo que comprende todos los grandes mandamientos de Dios, con sus preceptos y ordenanzas, con todas las enseñanzas de la Santa Ley de Dios y los Profetas: “Amar”.
No he querido decir el “amor”, porque se trata de un concepto, una idea, manoseada, tergiversada, corrompida; sino que he optado por el verbo “amar”, que no admite discusiones, ni exégesis, ni hermenéuticas acomodadas, sino que implica sólo, única y exclusivamente acción, decisión, entrega, fe existencial, a millones de años luz de los dogmas y las doctrinas eclesiastizadas carentes de significado.
El mandamiento de Jesús no es el “amor” sino el “amar”. La “preeminencia del amor” será el epígrafe que nosotros pongamos al pasaje neotestamentario; pero nuestro Redentor no habla del “amor”, sino de amarnos los unos a los otros, sirviéndonos, lavándonos los pies.
Por eso Jesús se lo muestra a aquellos primeros discípulos de forma existencial, no verbal, por cuanto no hay palabras que puedan aproximarse al agua, la toalla, las manos que pronto van a ser taladradas por clavos de veinte centímetros, las rodillas que poco después se doblarán para poder respirar desde la Cruz.
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.