Nº 1350– 25 de Abril de 2010
El ángel más encumbrado de los Cielos no tiene poder para redimir, para pagar el rescate por un solo pecador de este mundo nuestro.
Los querubines y serafines poseen una gloria inmensa que les ha sido dada por el Creador, pero ni todos juntos podrían sustituir al hombre en la Cruz del Calvario. Eso sólo Jesucristo pudo hacerlo por designio del Padre Eterno.
La reconciliación del hombre con Dios tenía que realizarla el propio Dios a través de un mediador que fuera al mismo tiempo hombre entroncado con la familia humana.
Así fue como el Verbo, la Palabra Divina de Dios, quien es Dios, fue hecho carne y habitó entre nosotros como el Unigénito Hijo de Dios e Hijo del Hombre. Así fue como Dios se hizo Garante, Fiador, para el hombre y, al mismo tiempo, Embajador para sí mismo.
Garantía para el hombre al satisfacer mediante su justicia, la justicia de Cristo, todas las demandas de la Santa Ley de Dios, llevando la condenación de la Ley sobre sí mismo, en lugar de sus hermanos menores, los hombres.
Si somos observadores nos habremos percatado de que cada vez que los ángeles visitan a los hombres, éstos reaccionan con temor. Pero no es así en el caso de Jesús, quien poseía y posee la gracia de aquietar temores, disipar dudas e inspirar esperanza y valor.
Sólo Jesucristo por medio de su Santo Espíritu puede capacitarnos para que hagamos la buena voluntad de Dios Padre en nuestras vidas. Sólo en el Santo Consolador, que Jesús nos ha enviado del Padre para no dejarnos huérfanos, tenemos Mediador, Abogado, Intercesor, Sumo Sacerdote y Amigo Fiel.
“Mirad cual amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios” (1ª Juan 3:1).
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.