Nº 1346– 28 de Marzo de 2010
Pensamos que todo le va bien a todo el mundo cuando a nosotros las cosas nos van bien. Pero nos equivocamos.
El mundo está lleno de hambrientos, gentes sin hogar, enfermos físicos y mentales, toxicómanos, refugiados, y personas gravemente incapacitadas.
Debemos enseñar a nuestros hijos que Dios nos da oídos para escuchar los gritos de angustia de muchos, y también nos da de su gracia para que respondamos.
Debemos enseñar a nuestros hijos que el dinero carece valor hasta que se emplea. Y el empleo será su verdadero valor.
Un avaro escondió su oro, y todos los días lo desenterraba para contemplarlo y volverlo a esconder. Un ladrón le vio un día realizar aquella operación, y tan pronto el avaro se fue, el ladrón se llevó el botín. Cuando el avaro vino a buscar su tesoro y encontró el hueco vacío, rompió a llorar.
Fue tal el escándalo que formó con su llanto que vinieron sus vecinos, y uno le preguntó si había empleado en algo alguna vez parte de su dinero. El robado contestó diciendo que nunca había empleado parte alguna de su tesoro; que simplemente se contentaba con desenterrarlo cada día para verlo. Entonces su vecino le dijo: “Pues en vista de lo inútil que era tu tesoro, muy bien puedes seguir viniendo cada día para contemplar el hoyo”.
Enseñemos a nuestros hijos que parte de nuestro dinero no nos pertenece. Hagámosles partícipes de las finanzas del hogar y enseñémosles a diezmar, diezmando nosotros.
Es casi imposible creer en un Dios vivo cuando nos creemos en posesión y propiedad de todo cuanto está en nuestras manos.
Es difícil ser dueños y fieles al mismo tiempo. Si somos fieles no seremos dueños sino administradores, mayordomos de nuestras pertenencias.
Los pies a ras del suelo, el corazón bien alto y las manos siempre extendidas para compartir…
Es difícil formar parte de Eben-Ezer, pero nada es imposible para Dios.
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.