¿Qué será de mi vida?
Reflexión basada en Filipenses 1:1-11
«Estando persuadido de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6).
La carta del apóstol Pablo a los filipenses es una de las más personales y emotivas del Nuevo Testamento. No se trata simplemente de un tratado teológico, sino de una profunda expresión de amor, gratitud y esperanza hacia una comunidad cristiana muy especial para él.
La iglesia de Filipos se encontraba en una ciudad que fue la primera de Europa en recibir el Evangelio. A esta congregación dirige Pablo palabras llenas de afecto y una convicción extraordinaria acerca de la obra que Dios realiza en la vida de sus hijos.
Una pregunta que todos nos hacemos
¿Qué será de mi vida?
Es una pregunta que surge en diferentes etapas de nuestra existencia. Los jóvenes se preguntan por su futuro académico o profesional. Los adultos reflexionan sobre los próximos años. Incluso quienes ya acumulan experiencia y canas siguen haciéndose la misma pregunta.
Todos hacemos planes, soñamos, tomamos decisiones y, en ocasiones, sentimos incertidumbre ante lo que vendrá. Sin embargo, la Palabra de Dios nos ofrece una respuesta llena de esperanza.
La certeza de la obra de Dios
Pablo afirma con total seguridad:
«Estando persuadido de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6).
Esta declaración nos recuerda que nuestra vida no está abandonada al azar. Dios ha comenzado una obra en cada uno de nosotros y está comprometido a llevarla hasta su culminación.
Esta verdad puede liberarnos de mucha ansiedad respecto al futuro. Como colaboradores de Dios, estamos llamados a obedecerle, a dejarnos guiar por Él y a poner nuestra parte; pero la seguridad última descansa en que Dios mismo está llevando adelante su propósito.
Él terminará la obra que ha comenzado.
El propósito de Dios para nuestra vida
La Escritura enseña repetidamente que Dios tiene un propósito para cada persona.
Job expresó esta confianza cuando dijo:
«Lo que él desea, eso hace; él, pues, acabará lo que ha determinado de mí» (Job 23:13-14).
Dios no solo tiene planes para nuestras circunstancias. Su propósito principal es transformarnos a la imagen de Cristo.
La gran obra que Dios está realizando consiste en formar en nosotros:
- El carácter de Cristo.
- La mente de Cristo.
- El corazón de Cristo.
Ese es el verdadero objetivo de nuestra existencia.
Participantes de la naturaleza divina
El apóstol Pedro lleva esta verdad aún más lejos cuando escribe:
«Nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4).
Esta afirmación es extraordinaria. Dios no solo nos adopta como hijos; nos llama a participar de su vida, a compartir su carácter y a vivir en comunión con Él.
Por medio del Espíritu Santo comenzamos ya a experimentar esa realidad. Aprendemos a pensar como Cristo, a amar como Cristo y a vivir conforme a la voluntad de Dios.
Por eso Pedro exhorta a añadir a la fe:
- Virtud.
- Conocimiento.
- Dominio propio.
- Paciencia.
- Piedad.
- Afecto fraternal.
- Amor.
Todo ello forma parte del proceso mediante el cual Dios completa su obra en nosotros.
No estamos llamados a caminar solos
La transformación que Dios realiza no sucede de forma aislada.
Pablo enseña en Efesios 4 que todos hemos sido llamados a formar parte de un mismo cuerpo: la Iglesia. Dios ha dado dones y ministerios para edificar a los creyentes hasta que todos alcancemos:
«La unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13).
Por eso el futuro que Dios prepara para nosotros tiene una dimensión profundamente comunitaria.
No alcanzamos la madurez espiritual en solitario. Necesitamos una comunidad donde cada miembro aporte, sirva y ayude al crecimiento de los demás.
La Iglesia está llamada a ser una familia donde:
- Nos ayudamos mutuamente.
- Crecemos juntos.
- Nos edificamos en amor.
- Compartimos la vida de Cristo.
La decisión suprema: amar
Quizá la decisión más importante que puede tomar un ser humano sea la decisión de amar.
Amar al Señor.
Recibir su amor.
Y amar a los demás con el amor de Cristo.
Por eso Pablo concluye su oración diciendo:
«Y esto pido en oración: que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento y en toda comprensión» (Filipenses 1:9).
Necesitamos aprender a comprender más que a juzgar.
A bendecir más que a criticar.
A ayudar más que a enfrentarnos.
A elegir siempre aquello que produce fruto para la gloria de Dios.
Conclusión
¿Qué será de nuestra vida?
La respuesta del Evangelio es clara: Dios está obrando en nosotros y llevará a término su propósito.
Nuestro futuro no depende únicamente de nuestras fuerzas ni de nuestras capacidades. Depende, sobre todo, de la fidelidad de Dios.
Él nos llama a recibir de Él aquello que nos falta, a crecer en el carácter de Cristo y a integrarnos plenamente en esa comunidad de amor, misericordia y perdón que es su Iglesia.
Porque la plenitud para la que fuimos creados no puede alcanzarse en soledad. Dios nos llama a caminar juntos hacia la madurez, la unidad y el amor perfecto.
Y la buena noticia es esta: el que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.