Nº 1351– 2 de Mayo de 2010
La realeza humana nunca saldrá del sepulcro en el que todos entran. Las riquezas, los honores, la sabiduría de los hombres que han vivido sirviendo los intereses y propósitos de Satanás –¡Dios le reprenda!– y de sus seguidores, conscientes e inconscientes, no podrán proveer a sus poseedores una herencia, un honor o una posición de confianza en el mundo venidero que Dios prepara para sus hijos.
Tan sólo los que han apreciado la gracia de Jesucristo, hechos herederos de Dios y coherederos del Mesías, seremos levantados de la tumba en el Gran Día de Dios, llevando la imagen del Redentor. Todos los redimidos por la bendita sangre del Señor nos reconoceremos como hijos e hijas del Altísimo.
En la Eternidad recordaremos y celebraremos que nuestro perdón y nuestra fortaleza provienen de una sola y misma fuente: Jesucristo el Señor, quien fue crucificado por nuestros pecados, por cuanto para ser aceptos ante el Padre de las Luces es menester haber sido lavados en la sangre de Cristo Jesús; y que sólo por la vida de Jesucristo podremos estar en la resplandeciente asamblea de los santos, revestidos con los blancos mantos de la justicia y la santidad del Mesías.
Siendo todos los redimidos uno en el Mesías Jesús, podemos estar plenamente seguros de que ante Dios nuestro Señor no habrá lugar para las distancias de las castas, ni ningún distanciamiento entre los hombres en base a posición, riqueza, cuna, extracción social o niveles de instrucción académica.
No olvidemos que la “razón” de toda división, discordia y separación entre los humanos se debe a la separación respecto a Jesucristo. El Señor es el centro hacia el cual todos hemos de ser atraídos. Esa es la voluntad perfecta del Padre y la obra por excelencia del Espíritu Santo.
Eso fue lo que Jesús valoró durante sus días en la carne, y eso ha de ser lo que nosotros, sus discípulos, busquemos y valoremos primordialmente. Recordemos que Jesús no buscó el aplauso de los nombres, sino que su proceder fue siempre independiente de toda influencia humana.
Aquel que dejó los honores máximos y la gloria suprema del Cielo para bajar a la tierra como uno de nosotros para dar su vida por nosotros, no pudo deslumbrarle ningún resplandor humano. Procuremos nosotros también evitar que los fulgores del mundo nos deslumbren. Antes bien, busquemos la iluminación del Espíritu Santo.
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.