Nº 1334– 3 de Enero de 2010
Comenzamos un nuevo año que muchos de nosotros vislumbramos en nuestra adolescencia y juventud como una época muy distante, vinculada a la ciencia-ficción. Pero todo llega, al menos para quienes no hemos quedado en el camino. Y así nos encontramos hoy en los primeros pasos de un nuevo año.
Como hemos afirmado tantas veces, y no nos es molesto repetir, hoy es el primer día del resto de nuestros días. Dios en su infinita misericordia nos permite enfrentarnos a un nuevo tiempo en el que no nos faltarán oportunidades de caminar sobre las obras buenas que Él ha puesto delante de nosotros para que conformen el suelo de nuestro diario vivir.
No faltarán ocasiones para mostrar de quién somos discípulos. Habrá momentos en que podremos emplear nuestras palabras para hacerlo, pero la mayor parte de las veces no será menester recurrir a nuestros “sermonetes” particulares –y mucho mejor que así sea– sino que nuestras acciones hablarán tan alto que la voz audible palidecerá ante el alcance de nuestras obras.
Tampoco será necesario, como dice el viejo himno evangélico, esperar a que se presente el momento de una gran acción en la que brillar, sino que dando atención –mejor “darla” que “prestarla”- a los sencillos actos de nuestra vida y convivencia, podremos mostrar humildemente de quién somos, a quién pertenecemos, y quién es el Señor de nuestra vida.
Al comenzar un año nuevo no hemos por menos que pararnos para reflexionar en torno a la realidad de que hoy estamos mucho más cerca de la culminación de nuestra redención que cuando creímos. Y esto debe producir en nosotros el gozo y la esperanza que el Espíritu Santo nos ayudará a traducir en mayor y más fina sensibilidad hacia las necesidades de nuestros hermanos, mayor serenidad frente a las pruebas y una estabilidad emocional igualmente mayor.
Este año puede ser el mejor año de nuestras vidas, si nuestra mirada está puesta en Jesús de Nazaret, autor y consumador de nuestra fe, y de ese modo permitimos que el hambre por la Palabra de Dios, y la sed por el Espíritu Santo, se desarrollen en nuestro existir. Entonces 2010 será verdaderamente un feliz año nuevo.
Mucho amor.
Joaquín Yebra, pastor.